jueves, 4 de agosto de 2016

Humanidad.

Nos obsesionamos con buscar orillas donde naufragar después de la tormenta, orillas donde librarnos del ahogo que produce el mar. Creemos que después de la tormenta llega la calma, o que debería llegar. Quizás deberíamos pensar menos en si llegará la calma o si naufragaremos en alguna orilla y disfrutar de la tormenta que cae sobre nosotros y que intenta arrasarnos. Quizás deberíamos dejar que la mala mar nos llevara al fondo del abismo y nuestros pulmones se llenaran de agua. Quizás deberíamos dejar que la tormenta nos arrasara para después poder mirar al dolor, a la muerte y a la crueldad a los ojos y decirle: “Aquí mando yo, yo decido si puedes conmigo o no, no necesito ninguna orilla ni ningún refugio.”

Quizás deberíamos dejar de buscar la calma y absorber la tormenta, absorber su fuerza y destrucción y hacerla nuestra. Puede que debamos dejar atrás el dolor y las ganas de rendirse, dejar de buscar un refugio donde acabar nuestra vida. Deberíamos buscar una lanza de guerra y hacernos con el control de la tempestad, de la fuerza del mar y de la tierra. Dejar de ser humanos y convertirnos en dioses imperfectos. Abandonar nuestro dolor corporal y volver nuestro cuerpo una piedra infranqueable que protege una alma llena de poder al igual que debilidad. Quizás deberíamos encerrar aquella debilidad en una caja, a poder ser en una caja de pandora para que nuestro enemigo al abrirla muriese antes de desatar el caos en nuestra alma.

Quizás… ¿Pero quién no ha deseado nunca encontrar su refugio libre de dolor y de culpa? Quizás eso sea lo que nos mantiene todavía humanos.